60 AÑOS, SIN EJÉRCITO

Guillermo H. Zúñiga Martínez

Existen en la historia latinoamericana personajes que -muchas veces- el mundo colectivo esconde en su memoria. Las razones son extrañas porque las acciones de los políticos cuando se hallan llenas de sabiduría, bondad, grandes resultados y que, por otra parte, logran la armonía, la concordia y fundamentalmente la paz, deberían ser recordados todos los días y reconocidos universalmente. 

Al escribir estas líneas estoy pensando en el político José Figueres Ferrer, quien siendo presidente provisional de su país decidió, en diciembre de 1948, abolir las fuerzas armadas, lo que durante más de sesenta años es el gran orgullo de los costarricenses.

            Sin lugar a dudas,  ése  es un ejemplo ecuménico, porque Figueres Ferrer, político sabio, condescendiente, sencillo y humilde, especialista en hacer amigos durante su mandato y fuera de él, tomó una determinación que debería inscribirse con letras de diamante en el territorio latinoamericano. Qué hermoso sería que los pueblos no requirieran de soldados al servicio de la patria ni, menos, de policías porque eso da una idea muy clara de la cultura, los hábitos y las costumbres de las diferentes sociedades.

Lamentablemente esto solamente se ve en países como Costa Rica, donde los ciudadanos seguramente están pensando en cómo trabajar, qué hacer por su país, la forma de respetar cada día mejor y más a sus congéneres, así como la de ayudar a sus semejantes; de qué manera asegurar sus bienes y reconocer los méritos ajenos. Me imagino que los costarricenses se cuidan a sí mismos y es probable que los índices delincuenciales sean de los más bajos en el mundo. A eso se debe, lo creo a pie juntillas, el que no necesiten fuerzas armadas, porque además son partidarios de la coexistencia pacifica, de la paz universal y del respeto al derecho ajeno que tanto acarició en nuestro país el Benemérito de las Américas, don Benito Juárez.

            En este año se cumplen seis décadas de no contar con fuerzas armadas aquel país,  hoy gobernado por Oscar Arias, por cierto Premio Nobel de la Paz  en 1987 y quien ha dictado cátedra de cómo se ejerce un buen gobierno porque lo que les falta a muchos políticos es lo que les sobra a los costarricenses; el progreso y el bienestar son prendas que deben reconocerse a los ciudadanos porque las obras públicas son el resultado de los impuestos que  pagan; y cuando el pueblo sea tomado en cuenta y considerado como el promotor y el héroe del progreso y la paz social y se  propendiera a taladrar con esas ideas la mentalidad y la actitud de los seres humanos, creo que podríamos cambiar para ser más dignos de actuar y de vivir en el presente.

            De veras es de lamentarse que ahora los temas principales de discusión en los cafés, en las mesas familiares, en las oficinas, tenga que ver principalmente con la violencia, con las adicciones, con negocios mal habidos, con ejemplos que deben denostarse y que ya los valores estén arrinconados,  llenos de telarañas casi escondidos y que no encontremos la forma de proyectarlos para que se cultiven y adentren en la conciencia de cada ciudadano. Existe ya una necesidad innegable de acariciar la belleza, de asir la honradez, la  verdad, el respeto, la congruencia, la sinceridad y de destacar acciones que puedan traducirse en prototipos a seguir.

¿Dónde están los trabajadores más brillantes de este país?  ¿Quiénes son nuestros científicos? ¿A quiénes les debemos la obtención primaria de nuestros productos? ¿Dónde están las acciones para vivificar la dignidad en cuanto a la convivencia familiar? Todos estos detalles, puntos de partida de una civilidad mejor, para algunos les parecerá pérdida de tiempo, pero para mí deben constituir una insistencia, una gota de agua diáfana que debe reflejarse en nuestra vida cotidiana, un martilleo cuyos sonidos se vuelvan sublimes para que los mensajes puedan calar en lo más profundo de nuestro ser.

Vale la pena dar a conocer lo que acaba de afirmar hace unos días Oscar Arias, porque son datos escalofriantes e inimaginables: denunció que el gasto destinado a las actividades militares en el mundo, asciende a más de 40 mil millones de pesos mexicanos diarios, y agregó que con lo que cuesta un helicóptero se pudiera pagar una beca anual de mil quinientos pesos mensuales a cinco mil estudiantes pobres y en riesgo de abandonar su educación.

La solución no la da otra materia más que la educación, la cultura,  la formación de hábitos y costumbres admirables y la determinación de lo que puede ser orgullo local, estatal y nacional. Los ingleses nos acaban de decir que México sí es conocido, pero por atracciones turísticas o de otra índole, pero no por lo que produce; lamentablemente, lo más famoso de nuestro país es el tequila vinculado con la alegría diaria,  pero también con hábitos nocivos.

Entonces, las tareas de los políticos mexicanos deben dirigirse hacia el reencuentro de lo que nos dé identidad y nos permita ser diferentes en la paz, la tranquilidad y el desarrollo. Se trata, pues, de encontrar elementos y argumentos que nos orienten a lograr la colaboración reciproca, la ayuda mutua y dejar olvidados los desencuentros, desacuerdos y diferencias  que nos impiden avanzar.

Rompamos ese círculo vicioso,  dejemos de dar vueltas a la noria, olvidemos la pasividad y convoquemos  a la concordia,  pero sin  intereses mezquinos, enfrentemos la vida con limpieza de miras.

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