Menos crimen y mejor deporte, retos con listón muy alto
Por J. Antonio Aspiros V.
Un crimen cometido desde el poder con un número impreciso de víctimas, conmocionó al país el 2 de octubre de 1968, pero diez días más tarde la atención de los mexicanos ya estaba puesta en los juegos de la XIX Olimpiada y no tanto en los estudiantes muertos en Tlatelolco ni en los presos políticos. Las primeras planas de los diarios se volvieron deportivas.
Cuatro décadas y diez olimpiadas después, los crímenes son perpetrados por bandas de delincuentes a quienes la autoridad no ha podido someter, y en las semanas recientes la atención popular estuvo centrada por igual en los juegos de Pekín y en los macabros hallazgos cotidianos en cualquier parte de México. Las ocho columnas aludieron unos días al bronce en clavados y al oro en taekwondo, pero no han dejado de informar sobre nuevas víctimas del hampa.
En 1968 y en 2008 las fuerzas del orden -ejército, policías- ocuparon las calles. Diferentes motivos, distintos resultados. Los estudiantes del 68 estaban desarmados; hoy la delincuencia supera y burla a sus perseguidores.
Hace 40 años, tras el crimen de Estado en Tlatelolco la tropa regresó a los cuarteles; en 2008 al parecer también, o al menos ya no se cita a las fuerzas armadas en las 75 medidas del Acuerdo Nacional por la Seguridad, la Justicia y la Legalidad, tal vez porque están más orientadas a combatir el secuestro.
Deporte y guerra contra la delincuencia no son asignaturas en las que México esté ofreciendo las mejores cuentas, y si en el medallero chino el país quedó colocado en la casilla 36, en el de la criminalidad ya tiene un liderato mundial.
Fue necesario el sacrificio del joven Fernando Martí para que el poder replanteara sus estrategias contra el crimen organizado; la sociedad las recibió con una mezcla de esperanza y escepticismo, hizo suya la frase espetada a los titulares de los tres niveles de gobierno por el padre agraviado: “si no pueden, renuncien”, y además marchó de blanco y, como los médicos en 1965 y los estudiantes en 1968, en silencio, por las calles de varias ciudades el pasado 30 de agosto.
Y hubo que esperar también que la mayoría de nuestros 85 representantes olímpicos regresaran de China sin mayores lauros, para que el presidente de la Comisión Nacional del Deporte (Conade), Carlos Hermosillo, anunciara que pedirá cuentas a los responsables y hará una reestructuración para transparentar el manejo de los recursos públicos. Sólo anunció comparecencias, pero advirtió que “nadie está a salvo”; ni él mismo.
Si los culpables del 2 de octubre en Tlatelolco quedaron en la impunidad, quienes deben detener la actual ola de criminalidad vivirán en lo sucesivo bajo la presión de la llamada sociedad civil y difícilmente podrán evadirla desde que, con ánimo deportivo, se les pidió “saltar el listón” o irse si lo ven muy alto.
Lo mismo debe ocurrir con la burocracia del deporte nacional enquistada en organizaciones que no dan buenos resultados, y que, a decir de Hermosillo en declaraciones al diario El Universal, será llamada a cuentas y, si no quieren trabajar, “sin ellos vamos a seguir adelante”.
Menos crimen y mejor deporte son retos que no parecen solucionables a corto plazo, por lo que los nuevos planes deberían poner más atención en los niños y jóvenes para enraizarles desde la escuela, el hogar, el ámbito social y las asociaciones religiosas, valores cívicos, éticos y morales, así como capacitación deportiva.
Es difícil cambiar a los mayores, por lo que la esperanza debe fincarse en las vanguardias de la sociedad mexicana. Pero tal vez porque no se pudieron fijar plazos para ver resultados, las nuevas generaciones no fueron adecuadamente consideradas en los compromisos del Consejo de Seguridad Nacional.
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